Reseña de “Forjadores e impulsores de la bibliotecología latinoamericana: Colombia”

Esta reseña fue realizada por el doctor Rubén Urbizagástegui-Alvarado. La compartimos a continuación porque consideramos que puede ser interesante debatir sobre las ideas que se exponen.

Forjadores e impulsores de la bibliotecología latinoamericana: Colombia / coordinadoras: Estela Morales Campos, Edilma Naranjo Vélez, Nora Elena Rendón Giraldo. México, D.F. : Instituto de Investigaciones Bibliotecológicas y de la Información, Universidad Nacional Autónoma de México, 2016. 153 páginas.

  • Rubén Urbizagástegui-Alvarado
  • Doctor en Ciencia de la Información
  • ruben@ucr.edu

Fue el escritor español Juan Ramón Jiménez quien se refería a las “antologías” como “antojolías”, pues irónicamente esas supuestas antologías de algún género literario o lo que fuera, reflejaban más bien los “antojitos” de los responsables de las supuestas recopilaciones de las obras notables que por algún motivo en particular se compilaban. Recopilar significa también rendir homenaje, hacerlos visibles, tornarlos “autoridades”, que en palabras de Bourdieu, sería otorgarles la competencia para que puedan hablar de, y ser hablados en, una práctica científica concreta. Por ejemplo en el campo de la bibliotecología y la ciencia de la información (BCI).

¿Qué cualidades, condiciones o variables serían necesarios tener en cuenta (llevar en consideración) para clasificar a una persona como una autoridad, o un “forjador”, o un “impulsor” en el campo de la BCI?

La respuesta a esta cuestión es ciertamente compleja pero de ninguna manera es la simple ocupación de puestos. Pero vayamos por partes:

Primero: sería necesario formación académica. Cuanto mayor es la formación académica mayores son las posibilidades de acumular capital cultural y tornarse una autoridad en un campo científico. No es lo mismo la producción intelectual de un bachiller que de una persona poseedora de un post-doctorado. Lógicamente uno espera que la producción académica de una persona con post-doctorado sea de mayor calidad que la de una persona con bachillerato. Esto, lógico, como tendencia (Siempre hay excepciones a la regla). Pero no es tan simple. Para acceder a un alta formación académica se hace necesario tener capital económico. Sin capital económico ni pensar en llegar a un doctorado o post- doctorado. Si no hay dinero, hay que apelar a las “becas”. Pero para acceder a las becas hay que tener relaciones sociales, es decir padrinazgo. Sin padrinos, sin QI, sin quien te indique (sin la rosca pues), no hay becas, no hay maestrías, no hay doctorados. Claro, como en todo, hay excepciones, estamos hablando de tendencias, siempre hay un 10% que le hace un huequito al sistema y escapa a la tendencia. Son los “out layers”.

Segundo, y lo que es más importante, “capital social” (la rosca pues). Si no tienes capital social, no eres de la rosca, estás “antojodido”. Por más capital cultural que tengas, por más grados académicos que tengas, por más autoridad aunque sea simbólica que tengas, no accederás a la dirección de ninguna institución de importancia, no dirigirás ninguna biblioteca importante. Siempre estarás navegando en el limbo, en las márgenes de la esfera de los poderes institucionales fácticos. La base del poder no se deriva apenas de la riqueza material e cultural sino de la capacidad de los actores de transformarlos en capital social y capital simbólico. Es decir, otras formas de poder muy sutiles, ocultas, pero responsables del mantenimiento y reproducción del capital cultural y social. La rosca opera de forma muy sutil, escondida, no transparente.

Para ser considerado un “forjador”, o un “impulsor” de la bibliotecología, no es simplemente tener como “principal objetivo rescatar las actividades y los aportes de las figuras que iniciaron o fortalecieron acciones y proyectos que conformaron el movimiento bibliotecario latinoamericano. A veces fueron pequeñas tareas; a veces, grandes aspiraciones, pero cada empeño fue modelando la bibliotecología regional…” (Página vii). El proceso es mucho más complejo que esta simplificación facilista.

Para nadie es un secreto que la bibliotecología latinoamericana es la hija putativa de la bibliotecología funcionalista americana y que ese funcionalismo putativo se implantó también en Colombia, y en los demás países latinoamericanos, vía las escuelas de bibliotecología, cuyos impulsores iniciales fueron formados en, o procedían de, la bibliotecología funcionalista americana. ¿Estos practicantes y continuantes de una bibliotecología funcionalista son entonces los “forjadores” e “impulsores” de la gran BCI colombiana? ¿Y es a estos a los que les rendimos homenajes y los tornamos en autoridades y forjadores de una bibliotecología funcionalista?

Por otro lado, tampoco es secreto que para ocupar puestos de dirección o tornarse profesor en una escuela de bibliotecología hay que poseer relaciones sociales. Existen muchos ejemplos de personas que aun no habiendo estudiado bibliotecología por efectos de las relaciones sociales, del QI (quien te indique), se transformaron en profesores de las escuelas de bibliotecología. Yo recuerdo a algunos colegas en Brasil que se arrancaban los cabellos cuando asistían a la toma de posesión de profesor(es)as que recién salían de la graduación y aquellos que ya tenían maestría o doctorado eran olímpicamente ignorados y marginados. Recuerdo algún(os)as profesor(es)as de las instituciones más representativas de América Latina que “no se querían acordar de cómo fueron nombrad(os)as profesor(as)es, cómo se transformaron en profesores(as)”. Siempre es mejor olvidar. Siempre se preferirá decir “me nombraron profesor, que decir, me hice nombrar profesor”. Los eufemismos son sutiles y útiles. Y eso tampoco es un secreto en Colombia.

La realidad es que las sociedades Latinoamericanas, no importa que esta se llame, Perú, Colombia, Brasil o México, funcionan bajo un sistema de corrupción disimulada donde lo más importante no es la calidad de la formación académica alcanzada, no es la calidad del desempeño profesional del bibliotecario, lo más importante es el QI (quien te indique), eso es una realidad cantada a voces, comentada en los pasillos, nunca dicha ni afirmada abiertamente, pero que todos conocemos. Para confirmarlo basta recoger los nombres de los directores de las bibliotecas nacionales, de las bibliotecas de los congresos locales, de las bibliotecas universitarias, etc. etc. etc. un largo etcetera.

Lo que estoy queriendo decir es que este libro “Forjadores e impulsores de la bibliotecología latinoamericana: Colombia” como toda “antojolía” lo que refleja en primer lugar es eso: las preferencias, simpatías y compadrazgos de las coordinadoras del libro, lo que es una lástima, ya que el IIBI podría haber gastado su dinero en algo más útil. Este libro debe ser visto y entendido apenas como eso. Muestra apenas a los ocupantes de puestos facilitados por las relaciones de compadrazgo más que por merecimientos. Como en todo hay las excepciones pero son pocos. Lo bueno es que nos presenta una adecuada descripción del desarrollo de la bibliotecología en el país, pero también existen medias verdades. Por ejemplo, se afirma que “El movimiento colegiado de los bibliotecarios está representado, entre otras asociaciones, por el Colegio Colombiano de Bibliotecología (ASCOLBI), que asume la defensa de los pronunciamientos disciplinarios y establece nexos con la sociedad, con las instancias de gobierno y entre los propios profesionales” (página xiii). Sin embargo, no se conocen pronunciamientos de ASCOLBI respecto a la ocupación de cargos por no-bibliotecólogos en algunas institucionesimportantes para el país como la Biblioteca Luis Àngel Arango del Banco de la Republica, Biblioteca Nacional de Colombia, Biblioteca de la Universidad EAFIT, etc, etc. También es notorio su silencio frente a la no representación de ASCOLBI o de las autoridades de las escuelas de bibliotecología o siquiera de las asociaciones de bibliotecarios o de los empleados de las bibliotecas, en los comités de selección de los “gestores de información” en las principales instituciones y/o universidades del país. Los más recientes son los casos de la Pontificia Universidad Javeriana y de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, cuyos comités de selección de directores no tenía especialistas en cuestiones de información y bibliotecología, pese a que para esos puestos se estaban seleccionando especialistas en “bibliotecología y ciencias de la información”.

Por otro lado, si de forjadores se trata, siguiendo los preceptos de este libro, deberían aquí figurar todos los directores de las escuelas de bibliotecología del país, así como todos sus profesores. Sin embargo, lo que se constata es la ausencia de estos y su concentración en apenas aquellos residentes en Medellín, ciudad que es la sede de la Escuela Interamericana de Bibliotecología, es decir, refleja apenas la “antojolía” de esta región. Es notoria la marginación y olvido de, por ejemplo: Adriana Ordoñez Paz, Beatriz Céspedes, Carolina Rozo Higuera, Hugo Noé Parra, Liliana Herrera Soto, Luz María Cabarcas, Ruth Elena Vallejo, Marina Rodríguez García, Martha Helena Medina, Parra Nelson Pulido Daza, Silvia Prada Forero, entre muchos otros bibliotecólogos que han aportado al desarrollo de las bibliotecas desde la formación o la gestión.

Finalmente, para concluir con mi visión personal de los forjadores de la bibliotecología colombiana y Latinoamericana. Los forjadores de la bibliotecología Latinoamericana para mí son esos seres desconocidos (que no son de, ni están en, la rosca), que no aparecen en las direcciones de las bibliotecas, esos seres invisibles, a los que no se los quiere ver. Hablo en primer lugar de los clasificadores y catalogadores, a esas hormiguitas sin cuyo trabajo cotidiano no habría bibliotecas, no habría museos, no habría archivos, no habría centros de documentación; no habría bases de datos en línea, no habría acceso a la información. Sin el trabajo de esas hormiguitas invisibles y sin su reconocimiento, se dificultaría el trabajo de los seleccionadores, de los desarrolladores de colecciones, de los referencistas, no habría gestores de la información, no habría “forjadores” ni “impulsores” de una práctica bibliotecológica cotidiana. Esas hormiguitas no tienen rosca, no son de la rosca y por eso hasta tienen menos salarios que los “vendedores de cebo de culebra” que son los llamados “gestores de la información”. A esas hormiguitas invisibles dedico mis homenajes. Como decía Mao-Tse-Tung “que se abran cien flores y compitan cien escuelas”, pues sin masas, sin pueblo, no hay historia. No hay forjadores ni impulsores, no hay bibliotecología que merezca la pena de ser estudiada y practicada como una ciencia. La ciencia bibliotecológica, como toda ciencia social y práctica educativa comprometida con un conocimiento democrático, debe servir también para desvelar las estrategias ocultas de la auto-nominación y del auto- ensalzamiento.

Acerca de David Ramírez-Ordóñez

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