¿Qué está pasando aquí? La verdad detrás de los archivos de censura de Robert Darnton

“Los sistemas de censura estudiados en este libro dan muestra de que la intervención estatal en el ámbito literario fue mucho más allá de la simple corrección de textos (…) Si los Estados ejercían ya tal poder en la era de la imprenta, ¿qué les impedirá abusar de él en la era de Internet? (Darnton, 2014, p.17).

Con estas palabras Darnton inicia un viaje al mundo de los archivos de censura en la Francia del s. XVIII, la india británica y la Alemania Oriental. Robert Darton, el reconocido historiador y director de la Biblioteca de la Universidad de Harvard, visitó Bogotá hace poco menos de un año y presentó su libro Censors at work: How states shaped literature, cuya traducción al español se lanzó durante el evento. Esta breve reseña presenta los aspectos que más me llamaron la atención luego de disfrutar su lectura, así como algunos comentarios personales, que me suscitaron algunos apartados.

Francia

 ¿Qué está pasando aquí?, se pregunta Darton desconcertado al descubrir las inesperadas relaciones que entretejen la censura en la publicación de libros en Francia en plena ilustración: “los censores alaban el estilo y la legibilidad del libro en vez de suprimir sus herejías; el rey confiere su gracia, y los miembros del gremio de los libreros se la dividen y la venden como si fuera un tipo de propiedad” (Darnton, 2014, p.24).

Efectivamente esto es lo que ocurría en Francia borbónica. Los archivos consultados por Darnton dejaron a la luz las complejas redes que se entretejían para dar paso a la censura. Darnton nos cuenta como un elaborado proceso de revisión de libros que involubraba a autores, censores, libreros y al Director de la Librería (Quien era el encargado de todo el proceso de revisión de publicaciones), finalizaba exitosamente en un permiso de Privilegio de publicación aprobado por el Rey. Sin embargo, no siempre dicho proceso tenía un final feliz. Si el libro no tenía la “calidad” que debía tener un libro con aprobación del Rey, tenía un permiso tácito. Es decir un permiso para ser publicado sin el sello del Rey.

Aunque algunos lograban dicho privilegio, se las ingeniaban para engañar al sistema. Este es el caso de un autor no muy reconocido que gracias a sus contactos logró u permiso de Privilegio. Sin embargo, el censor que revisó el manuscrito, descubrió que las copias que ya estaban a la venta tenían una página que no había sido revisada por él. En ella el autor hablaba mal de algunos reconocidos personajes los cuales consideraba sus enemigos. El censor tuvo que correr a la librería y quitar la hoja de cada ejemplar que se encontraba en venta.

Casos como éste, evidenciaban el esmero con el que trabajaban los censores de la época. Su trabajo no era pago y era bastante demandante.  Contrario a lo que pensaríamos del trabajo de un censor  que se dedicaba a eliminar sin compasión apartados completos de una obra, los censores trabajaban por lograr un texto de calidad. Muchos corregían el texto y le daban sugerencias al autor, incluso trabajaban colaborativamente. Un censor que revisaba un tratado sobre comercio registró cómo corrigió la ortografía del texto e incluso la aritmética del texto. Un abad que se encontraba revisando un tratado sobre el alma en 1754, y el cual se quejaba porque ya no tenía tiempo para revisar más textos, exclamó luego de terminar dicha revisión “!Vivan las antologías y los libros de historia!.

Las invitaciones para ser censor, por lo tanto, correspondían a un trabajo arduo y de una gran responsabilidad. Si aceptabas un libro eras consciente de que corrías el riesgo de molestar a alguien con lo publicado en él. Darton, muestra las cartas que recibían los censores por parte de Malerherbes, el Director de la Librería,  cuando se les invitaba a revisar un libro: “Monsieur…estará encantado de tomarse la molestia de examinar este manuscrito con la mayor atención y diligencia posibles para emitir un juicio rápido de éste (…)” (p. 38-40).

Los juicios de los libros llevaban a las expresiones más sorprendentes viniendo de censores de la época. Aquí algunos ejemplos: “Me dio placer leerlo, está lleno de cosas fascinantes”, “otro constató que era un buen libro. No podía dejar de leerlo, dijo” (p.24). Esta colaboración llevaba a que tanto autores como censores se conocieran, que los segundos admiraran el trabajo de los primeros y que, incluso después del proceso, se realizaran reuniones para conversar a cerca de los libros publicados. La colaboración se vió evidenciada en el famoso caso de la enciclopedia de Diderot. Cuando Malerherbes se enteró que los volúmenes de la Enciclopedia iban a ser confiscados, éste le informó a Diderot que escondiera todo lo que tenía en su oficina. Diderot replicó que no tenía espacio para guardar tanto papel, así que el mismo Malerherbes guardó parte de la Enciclopedia en su casa.

Efectivamente ¿Qué está pasando aquí?  Malerherbes era consciente del dinero que estaba produciendo la enciclopedia y no le convenía al Estado que las publicaciones que se rechazaran se publicaran en países como en Holanda y Suiza. Es por esto también que el Estado se hacía de la vista gorda con publicaciones prohibidas que pasaban ilegalmente.

Publicaciones de todo tipo inundaban ese mercado ilegal, especialmente la pornografía. Dentro de los títulos que refiere Darnton estaban: La monja en camisón,  Teresa la filósofa, Historia de Dom B, entre otros. Un cuento titulado Tanastés, fue rastreado por la policía al encontrar que describía la vida sexual de Luis XV. Descubrieron que la autora resultó ser una sirvienta de Versalles que quería hacer dinero con la vida escandalosa del Rey y que de hecho habría escrito muchas más historias que vendía en librerías no reconocidas.

Otra historia cuenta la vida de La Marche, una vendedora de libros prohibidos, que hizo una pequeña fortuna vendiendo pornografía y libros que desacreditaban al estado y a la cual “la gente acudía como si fuera a ver una nueva obra de teatro”. Un agente encubierto que se acercó a su puesto registró está “estrategia de venta” de La Marche: “Luego agregó en tono burlón: ¿ha visto este nuevo libro? (…) Y en seguida sacó de debajo de su puesto  el libro que adjunto (…) como puede ver señor, es una recopilación de  indecencias equipada para corromper la moral” (p. 72). La Marche terminó en La Bastilla, como muchos editores y libreros de la época.

India

En la India Darnton muestra una censura no antes, sino después de la publicación del libro. Los ingleses, desarrollaban catálogos completos de todas las obras que se publicaban en la India. Estos catálogos, realizados principalmente por bibliotecarios tanto ingleses como nativos, describían las obras y en una columna especial “columna 16”, colocaban sus observaciones. No es una sorpresa entonces que Darnton descubriera como esta columna de observaciones fuera cada vez en aumento y ya no quedara espacio en el formato para tantos comentarios. Estos comentarios personales de los catalogadores se asemejan a los comentarios de los censores Franceses en donde daban su opinión personal de la forma y contenido de libro.

Gracias al estudio de estos catálogos, tanto las bibliotecas como las colecciones en las mismas aumentaron en la India británica pues contrario a la supresión de libros el gobierno inglés buscaba conocer  la cultura nativa para así entender lo que pensaban y cómo lo transmitían. Para los ingleses no era un problema cuando los libros se publicaban en la lengua nativa. El problema eran las traducciones o los textos en inglés. Sin embargo, Darton advierte que estos catálogos contenían los libros aprobados formalmente y que no estaban incluidos libros del mercado ilegal, especialmente antes de 1900.

En la India, se muestra cómo la censura se daba en otro tipo de expresiones no solo las textuales. Un caso muy conocido es el del líder de una compañía de teatro llamado  Mukunda, quien logró evadir al gobierno durante 9 meses  logrando en este tiempo unas 168 representaciones, las cuales llegaban a todas las personas analfabetas que no tenían acceso a los libros. Mukunda realizaba sus presentaciones y huía a lo largo del Ganges.

El gobierno inglés formaba a los “nativos” para que ellos mismos despreciaran la literatura de su propio pueblo, pues eran ellos los que describían las formas inapropiadas de los libros que describían en los catálogos. Ya que los ingleses debían dar ejemplo de la libertar de prensa e igualdad de la educación instigaban a los mismos “nativos” a criticar su propia literatura: “Así que construían sentimientos de enemistad, como la desafección y la sedición”.

Es en ésta última esta frase y en otros hechos que se presentan en la Alemania Oriental, en donde no puedo evitar realizar la comparación de estos sentimientos con la paradoja Orwelliana de la obra 1984, en donde el hombre ama al Patido pero al mismo tiempo el Partido infunde en él un gran odio y rencor que constituye su fuerza para “luchar” en contra del enemigo.

Alemania

Para este caso, Darnton logra una entrevista en 1990 con dos censores de la antigua República Democrática Alemana RDA. La señora Horn y el señor Wesener. Ellos, ejercían el control de la literatura en la RDA y una vez ocurrió la caída del muro  en 1989, ellos seguían allí en sus oficinas a pesar de que ya no ejercían ningún trabajo en el Centro de Control de la literatura de la RDA.

Para Horn y Wesener, la caída del muro significaba de decadencia de la literatura, al dejar entrar en el mercado todo tipo de basura occidental: “La RDA no iba a poder soportar la mediocridad (los libros de sexo, los bombardeos publicitarios y los romances sórdidos), que estaba por inundarla” (p. 150).

Según pudo constatar Darnton en los archivos consultados, la RDA tenía una planificación muy ciudadosa de la liteatura que se publicaría cada año. Así el Politburo se encargada de realizar una lista de temas y títulos que se publicarían cada año. En este trabajo de planificación, los autores trabajaban colaborativamente con los editores para que el libro, una vez llegaba a la Secretaría de Cultura de la RDA, no fuera rechazado. Así que, aún más que en la Francia Borbónica, la colaboración entre autores y editores se evidenciaba desde que se comenzaba a escribir el libro. El autor mismo se infringía una auto-censura siendo cuidadoso con cualquier idea que pudiera afectar al Partido. Así mismo, los editores revisaban y trabajaban con el autor para que los censores aprobaran el libro sin mayores cambios. Sin embargo, los casos examinados por Darnton dan cuenta de interminables luchas entre los editores y el Ministerio, lucha que podían demorar años, hasta que el libro aparecía en el mercado.

Luego de la caída del muro, y con la posibilidad de la consulta de los archivos de la policía y de la Staci, muchos autores descubrieron cómo habían sido vigilados durante años, interceptado sus conversaciones telefónicas y vigilado al punto en que algunos archivos podían contener hasta 15.000 folios de la vida de una persona.

En la medida en que Darnton va describiendo los procesos de censura en la RDA, aparecen frecuentemente palabras como El Partido, los Andersdenkender o “personas que piensan diferente”, o el  “socialismo-real” y otras que el mismo sistema ha creado para instaurar una propia jerga que legitime el vocabulario de la censura. Nuevamente es difícil no evocar aquí la obra de Orwell, en donde el Partido, es decir El gran Hermano, hace uso de la nuevalengua para describir con palabras los ideales del mismo. Incluso, los censores de la RDA se molestan cuando los jóvenes escritores no aplican las expresiones que se “deben” usar para ciertos casos. Las publicaciones que los censores denominaban como “tardío- busguesas” eran aquellas que por su estilo narrativo complejo eran sospechosas de ocultar información que podría afectar al partido y por tanto, no debían ser publicadas.

Algo, que curiosamente anota Darnton es el año de 1984. Año clave en donde la RDA cumpliría 35 años de haber sido establecida. Para este año se tenía una planificación especial de lo que debía ser publicado. A pesar de toda esta planificación autores de gran talento lograban hacer concesiones para que sus libros “candentes” pudieran ser publicados. Incluso, los censores intentaban convencer al Ministerio de su publicación dado el gran esfuerzo y el trabajo colaborativo con el autor para censurar los apartados que pudieran ser escandalosos.

Reflexiones finales

Los casos analizados por Darton demuestran como la censura fue permeada por las relaciones entre autores, censores, editores o libreros. Estas relaciones no se construían a través de la burocracia de los formatos o los procedimientos, sino a través de las relaciones humanas. En varios de los ejemplos dados por Darton, los censores temían no al régimen, sino a las personas que pudieran verse afectadas por las publicaciones. Finalmente, tanto censores como autores eran seres humanos, con intenciones, deseos, sueños y gustos propios y esto permitió ese surgimiento de la literatura, tal como fue dado.

Por otro lado, cuando leemos una obra como 1984 y terminamos algo abatidos por un futuro sin esperanzas en donde el sistema superará cualquier sentimiento humano por más necesario y básico que éste pueda ser, y luego leemos los casos de censura reflejados por los archivos que consultó Darton para esta investigación, la desesperanza del primero se disipa. Encontré en ésta lectura cómo, sin importar las reglas que imponga el sistema, es el hombre quien las ejecuta, y el hombre, contrario al sistema no está desprovisto de sentimientos de apatía o empatía que lo hace crear un juicio ante algo o alguien. Ese juicio, con todas las imperfecciones que éste pueda tener permite la excepciones que el mismo sistema no está dispuesto a tolerar y busca estrategias de resistencia que de algún modo cambian la forma en la que los sistemas operan: “Una visón etnográfica de la censura  la contempla holísticamente , como un sistema de control que impregna las instituciones, influye la relaciones humanas  e influye incluso en el funcionamiento oculto del alma” (p. 242)

Finamente, este estudio documental en los archivos de cada una de las instituciones visitadas por Darton, nos invita, a nosotros los profesionales que trabajamos en el área de la información, a proponer investigaciones que involucren el conocimiento de nuestra historia y el reconocimiento de nuestros archivos. Archivos muchas veces olvidados y que por falta de visibilidad tienden a desaparecer.

En una época en donde los trabajos de grado y tesis de maestría, los proyectos de investigación y las líneas de investigación están marcadas principalmente por la tecnología, considero, estamos llamados a revivir una línea de investigación de carácter histórico-documental en donde los archivos colombianos y de la región sean retomados y valorados antes de que procesos de depuración por falta de espacio o recursos para su digitalización los lleven a su destrucción.

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